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De esta forma en el 972, cuando los fatimíes, tras la adhesión egipcia, tuvieron menos interés por el Magreb y fue su hijo, Bologhine ibn Ziri, quien heredó el control de Ifriqiya. Los zirides reinarán en el lugar unos dos siglos.

Hammad Ibn Bologhine, su hijo, gobernó de forma independiente a los ziridas, en el norte de la actual Argelia, a partir de 1014, reconociendo como califas legítimos a los abasidas sunitas de Bagdad, y fundando la dinastía hamadita. Los ziridas también reconocieron en 1046 a los califas abasidas mostrando abiertamente a los fatimíes su abandono del chiismo.

A partir de 1048, en tiempos de Ibn Jaldún, algunas tribus del sur emigraron al África del norte y fueron enviados por el poder fatimí para reprimir a los ziridas y hamaditas. En oleadas sucesivas incurrieron en algunas grandes ciudades, que saquearon y destruyeron. En Argelia estas tribus del sur se aliaron con algunas tribus locales.

Estos dos reinos, prósperos por aquel entonces, se empobrecerán enormemente a causa de estas incursiones. Los ziridas cambiarán su capital de Kairouan a Mahdia, los hamaditas, de Al-Quala (La Cala de Béni Hammad, actualmente reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO) a Bugía.

Argelia estaba entonces bajo el control de los almorávides en una pequeña región del oeste, bajo los hamaditas en el centro, y bajo los ziridas al este. Cuando vencieron a los almohades en 1152, dirigidos por Abdelmoumen Ibn Ali, cuyo jefe espiritual era Muhammad ibn Tumart. Los almohades formaron uno de los imperios más poderosos del Mediterráneo, unificando el Magreb y Al-Andalus hasta 1269.

En cuanto a la inmigración árabe en África del norte, fue de poca importancia excepto en las dos regiones exteriores de Argelia, Kairouan y Tánger. Aunque el total de su población ha recibido una contribución demográfica árabe limitada, y una gran parte de las poblaciones de lengua árabe es bereber.

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